Disculpe el señor... (Por Victor Hugo Morales)

Sociedad 10/05/2016
En un libro escrito por este cronista en 1997, se mencionaba que el presupuesto del año siguiente contemplaba 6.700 millones de dólares para pagar los...
En un libro escrito por este cronista en 1997, se mencionaba que el presupuesto del año siguiente contemplaba 6.700 millones de dólares para pagar los intereses de la deuda externa. Para la educación se preveían 3.200 millones. Más del doble se irían, se fueron, en pagar un año de intereses mientras la deuda seguía estable hacia los descalabros futuros que la aumentarían a límites catastróficos, poco tiempo después, megacanjes y blindajes mediantes. El neoliberalismo, que ya había cometido todos los estropicios con el sigilo de un asaltante nocturno, reapareció como una amenaza en América Latina, casi sin que pudiera estructurarse alguna defensa. Cuando asistimos a la indiferencia de Macri para atender a los universitarios que ya padecen trastornos en el funcionamiento de las casas de estudio, vuelven a la palestra los usos y costumbres del neoliberalismo. Una cena con Vargas Llosa, entre acicalamiento, traslados, ceremonia, etcétera, lleva unas cuatro horas. Envuelto en el supuesto glamour que tiene para el mandatario argentino un encuentro con quien protagonizó uno de los más pobres envejecimientos en el mundo intelectual, produjo un desacople de los intereses en pugna cuando se conduce el poder político. No está mal pasarlo bien con el escritor peruano. Macri creerá que para él es un ascenso en su nivel intelectual, y su admiración no merece reproches, ni siquiera entre los desencantados que, como un tendal, ha dejado Vargas Llosa. Pero que eso suceda acto seguido a la forma desaprensiva que puso de manifiesto ante los profesionales de la educación, es propio de una mirada opaca sobre la importancia de la educación. Los problemas irán en aumento. De esa frialdad, del destrato, los retornos no son fáciles. Macri ha definido con elocuencia que Madres, Abuelas, diputados, educadores, periodistas, si no son del palo, son enemigos. El rey del diálogo, el gran precursor del vamos todos juntos y querrámonos que para eso somos argentinos, esquiva cualquier ponencia que le perturbe. No puede o no sabe, y sus driblings son previsibles. Su adhesión a la escena de una película en la que un hombre avanza por una alfombra roja, sonriente y dominador, es la que lo pone a buenas con las vida. El asunto de gobernar ya le es más molesto. Cuando la valla de sus colaboradores es superada por los demandantes, la incomodidad es absoluta. Acomodarse la servilleta y sonreír en una cena bien servida con gente importante, es la función que le gusta desplegar. Responder a las quejas de dirigentes universitarios, no. ¿Qué pasa Marcos que me vienen a jorobar a mi? Arreglen eso, no me traigan esa gente, estoy ocupado. A veces, y ha pasado poco tiempo de haber asumido, Macri luce cansado, deseoso de irse a otra parte. Hay una tensión que lo supera mientras recita respuestas que tienen en vilo a sus acompañantes que, mientras avanza en una conferencia de prensa, sufren. El cargo que ocupa es para laburar muchísimo. Derivar, es algo que puede hacerse en el gobierno de una ciudad. El de presidente es un asunto más serio. « Fuente: Tiempoar.com.ar
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